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julio 9, 2010

El objeto de la consciencia

conciencia.

(Del lat. conscientĭa, y este calco del gr. συνείδησις).
 1. f. Propiedad del espíritu humano de reconocerse en sus atributos esenciales y en todas las modificaciones que en sí mismo experimenta.
2. f. Conocimiento interior del bien y del mal.
3. f. Conocimiento reflexivo de las cosas.
4. f. Actividad mental a la que solo puede tener acceso el propio sujeto.
5. f. Psicol. Acto psíquico por el que un sujeto se percibe a sí mismo en el mundo.

 Al llegar al noveno semestre de la Licenciatura en Derecho, pordiamos decir que poseemos la mayor parte de los conocimientos bàsicos de la ciencia jurídica: conceptos, doctrinas, teorías…. etc.

Al respecto es necesario precisar que el Derecho no es un acto de memorización, o de simple repetición; tiene alcances superiores: el ejercicio de la razón con el propósito de la justicia.  Es precisamente en la búsqueda de esta idea suprema de justicia, en donde en algunas ocasiones la ley deja de ser viable en su aplicación y en su obediencia, entonces, previo ejercicio racional, valorativo y ético, tenemos una herramienta, por su delicadeza y fragilidad oculta y desconocida,  que se conoce como  objeción de conciencia.

revisen el texto de Paulette Dieterlen Struk en:  http://www.juridicas.unam.mx/publica/librev/rev/derhum/cont/54/pr/pr24.pdf

julio 6, 2010

tuTorÆrte

 

Aunque somos estudiosos del Derecho y nuestra lengua tiene raíces  grecolatinas, tenemos el defecto de utilizar las palabras sin verificar su existencia, abusamos de nuestro rico y vasto idioma español, y creamos monstruos como la palabra tutorado o tutoreado. 

Es curioso, pero en mi particular apreciación la palabra  turoreado al no aparecer en mi (desde luego pobre) diccionario, evoca  un señalamiento hacia el ser quien acudió al coso y salió avante del espectáculo mediante un indulto:  – tu, toreado, ¿qué tal la fiesta brava? – 

Ahora bien, si nos decimos Tutores académicos, tenemos como compañeros de nuestra actividad a quienes en términos del Derecho Romano, denominaríamos pupilos;  o bien, puesto  que somos tutores académicos, nuestros acompañantes son sencillamente alumnos o estudiantes.